Conversaciones frágiles, diplomacia al filo del colapso: Estados Unidos e Irán vuelven a hablar en Omán

Las conversaciones que Estados Unidos e Irán iniciarán este viernes en Omán no son un proceso de negociación en sentido pleno, sino un ejercicio de contención. Son frágiles, exploratorias y políticamente inestables. Ese es precisamente su mayor riesgo: no están diseñadas para resolver el conflicto, sino para impedir que se descontrole, en un contexto regional donde el margen de error se ha reducido al mínimo.

El solo hecho de que la reunión se celebre en Mascate, bajo mediación omaní y lejos de foros multilaterales formales, revela la precariedad del momento. No hay un marco acordado, no existe consenso sobre la agenda y tampoco se ha establecido una hoja de ruta clara. Irán llega exigiendo que el diálogo se limite estrictamente a su programa nuclear y al alivio de sanciones; Estados Unidos, en cambio, concibe el encuentro como una puerta de entrada a un debate estratégico más amplio. Esa asimetría no es un detalle técnico: es una falla estructural de origen.

La fragilidad se explica también por el contexto inmediato. Tras la escalada militar regional de 2025, el aumento del nivel de enriquecimiento de uranio iraní y las amenazas explícitas de acción militar, las partes no negocian desde la confianza sino desde el temor a una confrontación directa. No hay capital político para concesiones profundas ni voluntad real de asumir costos internos. Lo que existe es la conciencia compartida de que un colapso total del diálogo podría empujar la región a un punto sin retorno.

El carácter exploratorio de estas conversaciones, lejos de ser una virtud, expone su debilidad. Sin compromisos verificables, sin incentivos claros y con sanciones intactas, el proceso corre el riesgo de convertirse en un ejercicio retórico destinado a ganar tiempo. Cada ronda sin avances sustantivos erosiona la credibilidad del canal diplomático y refuerza a los sectores que apuestan por la disuasión militar como única salida.

Omán no es el escenario de un acuerdo histórico, sino el último espacio posible para evitar una escalada mayor. El peligro no reside únicamente en que las conversaciones fracasen, sino en que su extrema fragilidad permita que cualquier incidente externo, provocación regional o cálculo político interno las haga implosionar. En ese sentido, el riesgo no es la lentitud del diálogo, sino su volatilidad. En un sistema internacional cada vez más tensionado, hablar sin bases sólidas puede ser casi tan peligroso como no hablar en absoluto.

Claudia Aranda

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