La tregua olímpica y el colapso ético del orden internacional

La tregua olímpica nació como un principio moral radical: la convicción de que la guerra debía callar, aunque fuera por un instante, para permitir el encuentro humano en igualdad. No se trataba de diplomacia ni de espectáculo, sino de una suspensión deliberada de la violencia como afirmación de humanidad compartida. Ese principio dio origen a los Juegos. Sin él, el olimpismo pierde su razón de ser.

Hoy, ese principio no está simplemente debilitado. Está abandonado.

Desde 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprueba resoluciones que llaman a respetar la tregua olímpica antes de cada edición de los Juegos. No son tratados vinculantes, pero sí compromisos éticos explícitos asumidos por los Estados. Sin embargo, la historia reciente demuestra que la tregua ha sido violada de manera reiterada, sistemática y transversal, sin consecuencias reales para casi nadie.

No se trata de una desviación aislada ni de la conducta de un solo actor. Se trata de una norma moral que el sistema internacional entero ha dejado de respetar.

Durante múltiples ediciones olímpicas, guerras impulsadas o sostenidas por potencias occidentales y sus aliados continuaron sin interrupción. Estados Unidos mantuvo operaciones militares y ocupaciones en Afganistán e Irak mientras se celebraban Juegos Olímpicos, sin que el principio de la tregua fuera invocado como límite ético real. La guerra siguió, el espectáculo también.

Israel llevó a cabo operaciones militares en Gaza durante períodos olímpicos sin enfrentar sanciones deportivas ni cuestionamientos estructurales por parte del Comité Olímpico Internacional, pese a denuncias reiteradas de crímenes de guerra. Hoy, incluso frente a acusaciones de genocidio formuladas por órganos de las Naciones Unidas y por relatores especiales, el sistema olímpico guarda silencio.

Arabia Saudita bombardeó Yemen durante Juegos Olímpicos, contribuyendo a una de las peores crisis humanitarias del siglo XXI, sin que la tregua olímpica se tradujera en presión alguna. Turquía realizó operaciones militares contra población kurda en Siria e Irak durante ventanas olímpicas sin consecuencias. Etiopía sostuvo el conflicto en Tigray durante Tokio 2020, con crímenes masivos documentados, mientras el mundo hablaba de resiliencia y unidad.

Rusia también ha violado la tregua olímpica. Pero no como excepción, sino como parte de una regla rota para todos.

El problema no es quién viola la tregua. El problema es que violarla no tiene costo, salvo cuando conviene políticamente imponerlo. Esa selectividad es el núcleo del colapso ético actual.

La tregua olímpica no fracasa por ingenuidad. Fracasa porque ha sido reducida a una coartada moral. Se la invoca en discursos mientras se tolera que los Juegos se desarrollen en paralelo a bombardeos, desplazamientos forzados y exterminio de poblaciones civiles. Se habla de fraternidad mientras se acepta que el derecho internacional humanitario sea aplicado de manera desigual.

Este silencio no es neutral. Es estructural.

Cuando se castiga a unos países y se protege a otros, no se está defendiendo la paz, sino administrando el poder. Cuando se sanciona selectivamente, el principio deja de ser universal y se convierte en herramienta política. Y cuando el olimpismo acepta esa lógica, renuncia a su fundamento moral.

Los Juegos Olímpicos no son solo una competencia deportiva. Son, o deberían ser, una afirmación de que existe algo más fuerte que la guerra. Sin tregua real, sin exigencia ética mínima, los Juegos se vacían de contenido y se transforman en un espectáculo global desconectado del sufrimiento humano que ocurre simultáneamente fuera de los estadios.

Hablar de paz mientras se tolera la violencia no es neutralidad. Es complicidad pasiva.

La tregua olímpica revela hoy una verdad incómoda: el orden internacional celebra la paz solo cuando no interfiere con los intereses del poder. Mientras eso no cambie, la tregua seguirá siendo una ceremonia vacía, y los Juegos, una postal luminosa sostenida sobre el ruido constante de las armas.

Sin coherencia ética, no hay olimpismo posible. Solo queda el espectáculo.

Claudia Aranda

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